Por José Carlos Arévalo
Después de tanta feria importante viene bien regresar al origen. A la feria de pueblo. A las calles empedradas. A los bailes populares bajo los pórticos de casas milenarias. Al verdadero cordero asado.
A la plaza portátil. A los toreros vestidos de oro viejo.
Por eso, el último domingo de agosto fui a la Castilla profunda para ver a un novillero que descubrí en Sepúlveda, olvidé en Madrid cuando se hizo matador y he redescubierto como maestro en el mismo Sepúlveda.
Me encantó verle frente a un lote muy contrastado. A su primero, un toro avisado, mirón, medidor, topón y sin la menor opción, le pisó con tanta autoridad su terreno que el toro se asustó, y en vez de desarrollar sus malas ideas, las contuvo. Metido el torero entre sus dos pitones, le presentó media, un cuarto de muleta, y consiguió que embistiera a naturales cortos, de pies juntos, escalofriantes.
Y a su segundo, que era tan bravo como blando de remos, lo pulseó al tiempo que le obligaba a perseguir con largura una muleta baja, arrastrada, en largas series. Deslumbrante. Magistral.
Reflexión: en estos tiempos de crisis, con tan pocos festejos, hay varios matadores –no muchos, nunca son muchos los toreros buenos- escondidos, o sentados en su casa, que, por lo visto, se entrenan y están en plena forma.
Como Víctor Barrio, protagonista de mi reencuentro con el toreo más auténtico en la hermosa villa de Sepúlveda.
Fuente: www.querencias.net


