La revista canadiense YYZ LIVING MAGAZINE publicó recientemente en su páginas un artículo sobre el matador de toros Víctor Barrio. En concreto, el reportaje cuenta la transformación de hombre a matador del torero segoviano en la habitación del hotel antes de salir hacia la plaza de toros de Las Ventas, el 8 de abril de 2012, para tomar la alternativa.
YYZ LIVING MAGAZINE se define como la cúspide del lujo de las publicaciones. Con editoriales fascinantes y seductoras fotografías, YYZ Living quiere presentar una visión definitiva de las artes, la cultura y la sociedad, tentando a la imaginación.
Las fotografías del artículo son fotogramas tomados de las grabaciones que el aficionado y productor canadiense Scott Montgomery, está llevando a cabo por diferentes plazas de toros y ganaderías españolas para la realización de un documental sobre el mundo del toro que se difundirá en América del Norte.
Pinchando aquí puedes acceder al reportaje original (páginas 46 a la 51). A continuación, ofrecemos una traducción del mismo realizada por Luis Enrique Poján.
Vestido para Matar
La Travesía de Hombre a Matador
Por Scott K. Montgomery
Publicado originalmente por YYZ Living, Toronto, Canadá.
Traducción de Luis Enrique Poján.
El observar a un matador vestirse para una corrida de toros es poder dar una momentánea y privilegiada mirada a una tradición antigua y poderosa. Durante el transcurso de una hora, el matador se transforma en una figura mítica que, como David, arriesgará su vida para vencer a un gigante. Si tiene éxito, instilará en su audiencia una breve y sobrecogedora sensación de inmortalidad.
Por supuesto, ganarse la vida arriesgando la propia no es para cualquiera: las corridas de toros son más una vocación que un trabajo. Como un sacerdote o un monje, el matador vive alejado de la sociedad, ocupando más bien el “mundo de los toros,” un mundo enteramente consumido por, y que profesa total devoción a, estas criaturas semejantes a esfinges. Todo apego indebido es una debilidad potencialmente letal. El traje que se viste para la corrida, o “traje de luces,” es sólo la manifestación exterior de una distinción interior mantenida por el matador cada hora de cada día.
El ritual de vestirse es una experiencia solemne y solitaria. Aunque el mozo de espadas del matador está allí para asistirle (ponerse el traje de luces no es tarea de un solo hombre) es una presencia que no se ve, ni habla, ni interfiere con cualesquiera sean los rituales que ayudan al matador a prepararse para enfrentar las embestidas de un toro de 600 kilogramos. Raramente se le extiende a alguien de fuera el honor de una invitación para presenciar este momento.
La primera vez que vi vestir a un torero fue en Domingo de Pascua en Madrid. Víctor Barrio, el aprendiz de matador más prometedor de España, iba a tomar su alternativa: la corrida de toros en la que un aprendiz es investido con el título de matador.
La elección de Barrio en cuanto a momento y lugar creó expectativas casi irrealizables. En España, los toros y la religión van de la mano. Muchas de las corridas de toros más importantes coinciden y están asociadas a las principales festividades católicas. Ninguna otra fecha es más dramática que el Domingo de Resurrección. Por otro lado, Madrid, como indudable capital de los toros, es conocida como “la plaza que todo lo da y todo lo quita.” Un triunfo podría garantizarle a Barrio importantes contratos para el resto de la temporada, permitiéndole superar la extremadamente difícil transición de aprendiz a matador. Un fracaso podría llevarle al fin de su sueño, un destino peor que la muerte para la mayoría de los matadores.
A pesar de que vive en Madrid, Barrio escogió vestirse en un hotel cercano, comenzando su proceso de distanciamiento personal del mundo ordinario. Cada ciudad en España tiene un hotel favorecido por aquellos que se mueven en el “mundo de los toros.” Capa y espada se exhiben en el lobby, indicando la presencia del torero que temporalmente consagra el edificio entero.
La habitación de Barrio estaba en silencio. Me hizo prometerle previamente que no hablaría a menos que se me hablara. Cuando llegué, estaba teniendo problemas poniéndose la castañeta en la parte de atrás de su cabeza. En el pasado, los matadores usaban coletas reales como una forma de marcar su casta, indicando su separación del resto de la sociedad. A principios del siglo XX, Juan Belmonte –ampliamente reconocido como el matador más importante del siglo y el hombre que trajo la modernidad al arte de torear– se cortó su coleta para erradicar esta distancia sacerdotal. Irónicamente, su estilo de escultural quietud desafiando a la muerte de cara a la embestida y la aterrorizante cercanía con la que dejaba que los pitones del toro rozaran su cuerpo, fueron recibidos con una elación que lo que hicieron fue más bien distinguirlo. Desde Belmonte, los matadores han llevado castañetas.
No estoy seguro de si Barrio tomó la dificultad en colocarse la castañeta de forma simbólica, pero la tensión en la habitación era palpable.
El mozo de espadas de Víctor le ayudó a entrar en su fina ropa interior de seda blanca, esterilizada para prevenir infecciones en caso de ser cogido por el toro. Ponerse adecuadamente los tirantes que sujetaban sus medias rosadas le llevó quince minutos. Sus pantalones eran tan apretados que con cada intento de subirlos lo levantaban del suelo.
Durante todo el proceso, Víctor se miraba atentamente en un espejo de cuerpo completo. Como el resto de matadores a quienes tendría la oportunidad de ver vestirse durante el transcurso de la temporada, se mantuvo examinándose a sí mismo cada vez que se ponía una nueva prenda. Parecía estarse preguntando “¿realmente estoy preparado para hacer esto hoy?” “¿soy realmente un matador?”. Si sus respuestas no eran absolutamente afirmativas, la consecuencia podría ser una cogida o la muerte en la plaza.
Me sorprendió cuán diferente era esto a ver a un atleta vestirse. El traje de luces no es un uniforme. Y torear –como te dirá cualquier aficionado– no es un deporte. Es un ritual. Ver a Barrio vestirse fue más como ver a un sacerdote preparándose para dar una misa importante. A los matadores se les extiende a veces una especie de santa reverencia. Esta tarde, Barrio iba a tener que inducir en su audiencia el tipo de éxtasis catártico normalmente asociado a una experiencia trascendental.
Antes de ajustar su corbata, Barrio se afeitó y luego engominó su cabello, silbando nerviosamente todo el tiempo. Sus ojos fijos en el espejo. Le ayudaron a ponerse su chaqueta.
Parecía la imagen perfecta de un matador. Se colocó el sombrero y se volvió al espejo una última vez. En un momento, estaría de camino a la plaza de toros para probar que era realmente un matador; que con su capa podría crear una ilusión tan poderosa que dominaría, con completo control, a una de las bestias más letales de la naturaleza; que podría acercarse lo suficiente al toro, tanto en mente como en espíritu, que podría matarle antes de que –lentamente aprendiendo cómo encontrar el sólido cuerpo del matador detrás de la ilusión– el toro pudiera matarle primero.
Con sólo 24 años de edad, la vida de Barrio había llegado a su clímax.
Barrio se convertiría oficialmente en matador de toros una hora después en la plaza, pero para mí sucedió, súbitamente, en una oscura habitación de hotel, frente a un espejo. Completamente vestido en seda rosada y brocados de oro, se vio a sí mismo dar pases a toros imaginarios como si aquí estuviera su audiencia. Se veía intocable.
Me dijo con antelación que estuviera listo: cuando decidiera irse a la plaza, no habría vacilación. Con un simple gesto, se apartó del espejo, caminó hacia la puerta, atravesó el pasillo y entró al elevador. Mientras descendía, se tomó un último momento de auto reflexión. Cuando se abrió la puerta del ascensor, le dio la cara al público y a la inevitabilidad de los fugaces eventos que no le permitirían detenerse a pensar. La gente lo tocaba mientras cruzaba el lobby. Se hizo paso hacia la furgoneta que lo llevaría a la plaza de toros.


